Aquel camino de asfalto por el que henchido de felicidad esta vez yo transitaba lentamente, perdido en los tantos recuerdos y llenando plenamente mis pulmones de ese aroma a flores de campo, flores que solo en esta temporada del año se pueden apreciar.


De pronto me percaté de un detalle que hasta entonces lo había yo ignorado, habían tres líneas amarillas que se extendían a lo largo de mi camino, si, eran tres líneas, una delgada la habitual, que servía como división a los carriles de transito y otras dos más anchas a los lados, estas últimas líneas estaban conformadas por aquel tupido y áspero tacote y la aromática coronilla en flor, aquellos hermosos girasoles y hasta sampuales.

Qué hermoso se miraba este espectáculo que se presentaba ante mi vista, me sentía como viajar por un callejón de flores, un callejón de fantasía.


De repente un maltrecho camino de tierra con piedras sueltas aquí y allá quedo expuesto a mi izquierda y enfilé mi destartalado vehículo en esa dirección, ahí entre saltos y bamboleos de un lado a otro, avance más lentamente disfrutando del paisaje, cercos de piedra cubiertas con aquel enredador en flor con sus ramos de gallinitas”.

 Al otro lado el cerco era de alambre de púas y pareciera adornado con plantas en flores moradas y azul intenso que se colgaban de los hilos, pareciera de aquellas formas de adornar las calles de mi pueblo cuando había alguna fiesta religiosa.


Una vieja y casi apolillada puerta de mezquite guarda el acceso a un extenso barbecho con milpa frondosa y de un verde casi obscuro cargada de elotes, de esos que sus barbitas ya casi están secas, sazones pues.

 Por un momento pensé en meterme y robar algunos pero desistí de mi propósito, y no por temor a ser descubierto sino por miedo a ese zacate coronado de tremendos abrojos morados y de esa hierba llamada pegajilla que celosos guardaban esa hermosa milpa, pues casi visualicé como saldríamos de ahí yo y mis calcetines.


No tuve que avanzar mucho más cuando llegué a mi destino, se trataba de un arroyo de esos que bajan de las partes más altas, allá por el cerro pues, que avanzaba serpenteando entre barrancos, bordeando grandes piedras y con terquedad intentaba arrancar de tajo a aquellos arbolillos que tenazmente nacieron en su borde, pero ellos aferrándose a sobrevivir lo desafiaban afianzándose con sus raíces al paredón tepetatoso que lentamente se desmoronaba.


Aquel arroyo en su prisa por alcanzar el rio adquiría una velocidad impresionante y su corriente infundía cierto temor por su rapidez, el agua levemente turbia, de un color achocolatado (exactamente del color de aquellos chocomiles que mi madre me preparaba con el mínimo de polvo y que dejaba mi bebida pálida).


De la nada surgían algunas medias burbujas de diferentes tamaños y que brillaban a la luz del sol semejando a foquitos encendidos y que viajaban con la corriente como si estuvieran tomando un paseo, su existir era efímero pues rápidamente desaparecían al impactarse con alguna roca o ramitas que acariciaban el agua al pasar.


Extasiado de tanta belleza y tratando de retener en mi mente cada rinconcito de este espectáculo llegué hasta la orilla y me detuve a contemplar esas aguas casi turbias que raudas pasaban frente mío, solo lo pensé un instante y me atreví a seguir adelante.


Ya la corriente impactaba con las ruedas de mi vehículo, me detuve y lo pensé otra vez, se podría decir que solo permití que mi vehículo avanzara por sí solo y cuando reaccione ya estaba yo a la mitad de aquel arroyo.


Era tanta mi curiosidad por saber si el agua inundaría el interior y despacio accioné la manivela de mi puerta para abrir, nada pasó y más seguro la seguí abriendo.

Justo al borde de mi auto el agua seguía pasando, mis manos se dirigieron lentamente y sin pensarlo hacia la parte inferior de mi cuerpo y removí mi calzado y aquellos calcetines que ya se habían salvado de ser atiborrados de abrojos y pegajilla.


Ya quería yo tener mis pies sumergidos en esa agua, quería tener otra vez la sensación aquella de sentir como se abre paso por los pies, ese ligero cosquilleo.


Decidido y sin dejar de estar sentado dirigí mis pies hacia el agua, que sensación aquella, como poder describírselas en palabras?, en verdad no sé cómo hacerlo, pero volví a sentir aquello tan anhelado, ese cosquilleo, esa arenilla acariciando los pies esas piedresillas que pisas y de a poco la corriente te las arrebata.


Creo yo que mientras sentía todo esto mis ojos estaban cerrados y mi mente volaba a mi niñez, a aquellos tiempos que fueron fugases y que no volverán, pero que ahora revivía ahí.


En ese momento ya no importaba que tocara la radio de mi auto, mis oídos estaban llenos del ruido de agua de arroyo, de pájaros en los arboles, de piedresillas que derrumbaban.


Ahí la temperatura yo ya no la sentía, mi tacto estaba sintiendo lo fresco del agua aquella, las piedrecillas, la fina arenilla que hacia cosquillas, las ramitas que arrastradas iban y chocaban en mis pies.

 Ahí estaba yo otra vez en mi tierra, en mi ambiente al que nunca creí poder regresar.


Un auto a medio arroyo crecido con un hombre viejo sacando los pies y poniéndolos en el agua fresca mientras la música de la radio era reemplazada por otros sonidos que tanto extrañé en mi larga estancia lejos de mi pueblo querido.

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Comentario

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Comentario de Luis H. Rodríguez Silva el abril 11, 2016 a las 7:42pm
Que bueno que le haya gustado Jicaritas esa era la intencion, traer recuerdos al presente, saludos

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