Aves de buen agüero,
notas sobre la colección de ex libris
auspiciada por Emilio Carrasco

Por José Enciso Contreras

Arte y naturaleza parecen, pero no lo son, conceptos polares. Occidente ha creado esta idea tal vez sin reparar en que, a la larga, la separación llegaría a ser sumamente peligrosa. Una cosa y la otra, cultura y natura, se entrelazan y seducen continua y permanentemente. Prueba de dicho entrelazamiento es el hombre, bípedo de esencia animal, aunque haya algunos más animales –y/o más bípedos– que otros. Aunque sería vano tratar de convencer a los aquí presentes que la relación hombre y ecología ha sido exitosa. Antes bien, todo indica que la depredación que los seres humanos hacemos de nuestro ambiente es realmente catastrófica.
Esta especie, la del homo sapiens no alcanza a entender en su conjunto esa necesaria, y obligada coexistencia con la naturaleza. Pero no todo lo humano ha sido siempre destructor de su entorno natural. Hace poco me enteraba con sorpresa que otra rama de la especie, el Neandertal, correteó, sufrió, disfrutó e hizo muchos neandertalitos a lo largo y ancho del viejo continente, en un paisaje de permanente glaciación y de una abrumadora hostilidad de su hábitat durante la friolera de 250 mil años. La presencia de aquellos nuestros rudos primos no dañó en lo más mínimo la biosfera que les tocó vivir. Sin embargo, otras han sido las cosas desde nuestra azarosa aparición en el escenario terráqueo.
En varias ocasiones no me queda otra más que estar de acuerdo con el razonamiento que hiciera alguna vez Antonio Gala al definir a la humanidad como una especie de plaga o infección que le había brotado a la tierra hace 30 mil años; que poco a poco carcomemos y destruimos esta magnífica canicota azul que se empeña en seguir dando vueltas por las insondables coordenadas galácticas.
Pero lo más grave es que no sólo se trata de daños a lo inerte sino al resultado más complejo y hermoso de su transformación, a la materia orgánica, esa vigorosa y brincona, procaz y libidinosa manifestación de la materia. A veces sin respeto alguno, hemos entrado en su juego como unos pinches cochinotes, pisoteando a las diversas especies compañeras de viaje y arruinándoles la casa, enlodándoselas, atiborrando todo con desechos de polietileno y latas vacías de cerveza.
Esta exposición de ex libris, promovida otra vez por el entrañable maestro Emilio Carrasco, quiere contribuir nuevamente a la reflexión en torno a los problemas entre cultura y natura, retomando el tema de las aves. Sé muy bien que el asunto de hablar de pajaritos puede prestarse divinamente a toda suerte de albures, pero ahora que me agarran de buenas déjenme decirles el grado de estimación que deberíamos tener por las aves si es que en el mundo de los símbolos llegamos a compararlas con nuestras partes físicas más apreciadas. Hemos tomado de ellas prototipos sociales, emotivos, estados de ánimo, cualidades y defectos de lo humanos. ¿No fue a caso un ser mitad ave mitad serpiente, el centro de la cosmogonía mesoamericana?
Ya sabemos que la paz se representa por una paloma blanca, los gallos son emblema patrio de varios países como Francia y Portugal; un águila real preside honrosamente la representación patriótica de lo mexicano, quetzales, aves fénix y cóndores nos han servido de pretexto para la representación de estados y naciones. Pero al mismo tiempo sabemos que el vanidoso merece ser conocido como pavo real y que las mujeres veleidosas se creen la divina garza; que los olvidadizos tenemos memoria de cuervo; que los herederos impetuosos e impacientes se portan como buitres.
La paremiología ha sido quizá, junto con la fábula, una de las áreas de la cultura más beneficiada al respecto, porque no hay mexicano que no sepa que más vale pájaro en mano…; que cuando el tecolote canta el indio muere, o que el que es perico donde quiera es verde y el que es buen gallo donde quiera canta; y que además los gallos de Tepeaca son grandotes pero correlones.
¿Quién de nosotros no ha tenido amigos a los que les dicen el pollo, el guajolote, el palomo, el zopilote, el perico, el gallo o la cotorra? Hasta conocí un universitario lagañoso de quien decían tenía ojos de torcacita. ¿Quién de los aquí presentes no ha conocido mujeres a quienes por agradable y refinado mote le dicen la cotucha, la gallinaza, la chichicuilota, la paloma o hasta la güilota?
Hasta en el futbol las aves alcanzaron a colarse, acuérdense del Halcón Peña, del club Correcaminos, de los Tecos y de los guajolotes del América.
Datos actualizados revelan que de las casi 10 mil especies de aves que se cree existen en este vapuleado planeta, se han registrado 1,054 en México, distribuidas en 22 órdenes y 78 familias. Del total de especies que sobrevuelan nadan o corretean por nuestro territorio, casi 10% son endémicas. En otras palabras, amigos míos, que nuestro patrimonio ornitológico es todavía vasto pese a nosotros y a la paliza que les hemos venido dando desde hace casi quinientos años.
Como historiador me he topado con datos dispersos acerca de la fauna y la flora zacatecana de otros siglos. El más interesante proviene de una serie de cuestionarios que el Consejo de Indias enviara a todas las posesiones españolas en América en la década de 1570. Se debe a fray Juan de Ovando, aquel célebre inquisidor, reformador del Consejo de Indias, el llegar a una conclusión de suma importancia para la administración de las colonias que se hacía desde el Consejo. Parecía aquella ser de Perogrullo pero no por eso menos cierta: Para gobernar un territorio, resultaba condición indispensable el conocerlo. Esa empresa comprendería la mayor parte de los aspectos del Nuevo Mundo, incluso la flora y la fauna.
Ovando elaboró su famosa Instrucción, que realmente se trataba de un cuestionario, y lo envió a todos los confines de las Indias. A los “gobernadores, corregidores o alcaldes mayores, a quien los virreyes, a audiencias y otras personas del gobierno enviaren estas instrucciones, las distribuirán por los pueblos de españoles y de indios de su jurisdicción, enviándolas a los consejos o a los curas, si los hubiere, y, si no, a los religiosos a cuyo cargo fuere la doctrina, mandándoles de parte de su majestad que dentro de un breve término, las respondan como en ellas se declara, y les envíen las relaciones que hicieren, juntamente con estas memorias, para que ellos, como fueren recibiendo las relaciones, vayan enviándolas a las personas de gobierno; y, las instrucciones y memorias, las vuelvan a distribuir, si fueren menester, por los otros pueblos a donde no las hubieren enviado.”
De las preguntas contenidas en el cuestionario, dos llaman la atención y deben tenerse como precursoras del inventario de recursos naturales de la Nueva España, porque a partir de sus respectivas respuestas se fue integrando un amplio repertorio de especies vegetales o animales propias de las regiones conquistadas y gobernadas por los españoles. Las preguntas son las 26 y 27, que se reproducen a continuación:
“26. Las yerbas y plantas aromáticas con que se curan los indios, y las virtudes medicinales o venenosas de ellas.”
“27. Los animales y aves, bravos y domésticos, de la tierra, y los que de España se han llevado, y cómo se crían y multiplican en ella.”
Los cuestionarios tardaron décadas en contestarse y remitirse nuevamente a la metrópoli.
Acerca de comarcas y pueblos del Zacatecas colonial, se conservan sólo algunas informaciones, como las relativas a Fresnillo, Jerez, Nochistlán, Nieves, Sombrerete y San Martín.
Fueron contestados por corregidores de indios, alcaldes mayores y viejos pobladores e indígenas. Hay que decir que no todas las respuestas fueron completas y, lo que es peor, no han llegado hasta nuestros días cuestionarios de tanto interés como el de la capital zacatecana, del que no tenemos noticia. Pero gracias a aquel trámite es que hoy sabemos que hacia 1585, en la jurisdicción del Fresnillo:
“Hay, animales y aves bravos, los siguientes: leones, tigres, ciervos, gamos, raposos, liebres, conejos, todo en mucha abundancia; hay águilas, halcones, gavilanes, cuervos, garzas, codornices, grullas, golondrinas y gallinas de tierra y gallos a los que llaman en España pavos.” Se aclara que los leones y tigres de que habla el documento se refieren a pumas y pequeños felinos listados, como el ocelote, que por su color semejante con los felinos superiores, los homologaron sin más. Los coyotes, por la misma analogía, eran conocidos como raposos o zorros.
En Jerez, en 1584, Diego Nieto Maldonado, juez de comisión, dio fe de cómo en la comarca existían sacres y neblíes, es decir aves rapaces, gavilanes o halcones, de uso común en el arte de la cetrería, además de cuervos, auras y en tiempos de frío se dejaban ver las grullas. Además constató que los lugareños criaban gallinas de la tierra o Guajolotes. Ese mismo año, en Tlaltenango, el mismo funcionario era informado de la existencia “auras, cuervos y aves de rapiña”
En 1585, en Sombrerete y San Martín, un Rodrigo de Balcázar, a la sazón alcalde mayor de las minas, que tenía muy buena pluma y ganas de hacer las cosas, exponía la fauna que es encontraba en su jurisdicción. Les digo que escribía tan bien que vale la pena transcribirle:
“…hay muchos lobos grandes, que se llevan una ternera grande en la boca; hay muchos venados, pardos y berrendos, y liebres y conejos en abundancia… hay por esta tierra aves campestres de codornices, y gallinas y gallos de la tierra y palomas torcaces y domésticas, y patos bravos y grullas que vienen a cierto tiempo del año y se van; y en tiempo del verano hay mucha cantidad de golondrinas, y crían. Hay otros pajaritos que se crían en esta tierra, que son como gorriones de Castilla, los cuales, unos, tienen los pechos colorados y, otros, amarillos; estos se ponen en jaulas y cantan.”
Alonso Luis Velasco, ya en pleno porfiriato, nos dejó otro breve inventario de la fauna ornitológica de Zacatecas hacia fines del siglo XIX. Velasco suele utilizar en su lista los nombres vulgares y los científicos de las especies. Aquí prescindiremos de estos últimos para no meternos en mayores enredos, a fin de cuentas creo que podremos entendernos con él.
Las especies inventariadas fueron:
Agachona, aguililla, ánsar, ánsar blanco, ánsar de corbata, apipisca, aura, búho, burro, calandria huertera y calandria tunera, canario, carpintero, codorniz, chuparrosa, conguita, cuiji o quebrantahuesos, cuitlacoche, cuervo y cuervo de la sierra, chivo, chivo negro, gallareta, gallinita del agua, gavilancito, golondrina, golondrina azul, gavilán, gorrión, gorrión azul, gallo, gallina, grulla, guajolote montés, guajolote doméstico, halcón, huilota, Jilguero, lechuza, lechuza de los campanarios, martín pescador, mirlo, mulato, paloma, paloma azul, paloma torcaza, patito, pato colorado, pato triguero, pato de cuchara, pato real, perdiz, primavera, saltapared, tecolote, tildío, tecolotito, torcaz, tordito, tordo, triguero, urraca, zenzontle, y cómo no, el infaltable zopilote.
Como ven, la lista es importante a grado tal que nos pide a gritos la preservación y el rescate de esos personajillos de la naturaleza que no hacen otra cosa que alegrarnos la vista y el oído y contribuir al equilibrio de nuestro medio ecológico. No estaría mal comprobar si aquel conjunto de aves que vieron nuestros pasados se conserva o, en el peor de los casos, aquilatar cuántos de ellos nos han dejado temporal o definitivamente.
Creo entender que esa es precisamente la preocupación, a nivel planetario, de Emilio Carrasco al convocar a exlibristas de casi 40 países del mundo a coincidir en su trazo y burilado en torno a esta temática. Lo sorprendente es la masiva respuesta que como siempre ha tenido a su llamado. De paso, es el propio estado de Zacatecas el que se enriquece con las iniciativas de nuestro artista, mitad de Otumba y mitad de Guadalupe, quien contra viento y marea prosigue en su muy humana labor de acercar la cultura a las mejores causas de preservación y rescate de nuestro patrimonio natural. Por eso quiero felicitarlo calurosamente y pedirle muchas hermosas empresas como ésta.

Ciudad de Zacatecas, enero de 2002.

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