Comentarios al libro Jerez pueblo mágico. Costumbres, anécdotas y leyendas entrelazadas con su historia

Comentarios al libro Jerez pueblo mágico. Costumbres, anécdotas y leyendas entrelazadas con su historia

Por José Enciso Contreras

La aldea global contra el rancho grande (allá donde vivía)

Quitándonos un poco de sesudas y abstractas disquisiciones académicas, podemos decir en palabras trancoseñas —toda vez que en este añejo recinto estamos en confianza y entre amigos—, que la globalización es una especie de petate del muerto con que los tradicionales poderes imperiales del planeta pretenden convencernos de que nuestro lugar sigue siendo el de productores de materia prima y mano de obra de exportación, que no se cansa, por fuerza de necesidad, a permanecer ninguneada en lejanas tierras. Creo que peco de reduccionismo, pero lo hago a favor de un claro entendimiento de nuestra reiterada “nueva” condición en el concierto de naciones. De la noche a la mañana ya amanecimos globalizados, compañeros. Se acabó la guerra fría. Es cierto que a veces le batallamos para comer, también que seguimos desempleados, con un promedio de escolaridad inferior a la primaria, y con una mentalidad del siglo xvii que sigue creyendo en aparecidos e inventando santasmuertes y sanjuditas, a quien prodigar nuestras frecuentemente descabelladas y supersticiosas peticiones.

Se oponen pues, por una parte, globalidad, como fenómeno universalizante, sinónimo del desarrollo, y, por el otro, atavismo en la era de los semiconductores. Globalidad es palabra derivada de globo, o sea que no sólo implica entender a este planeta como una pelota y nada más, sino el saber que entre cualquier paraje de esta inmensa canica errabunda por el universo existe una relación con otro sitio ubicado en la misma biosfera. Pero este hecho deviene innegablemente de una condición previa, que el género humano sea conciente de esta relación planetaria. El sinantropus pekinensis o el Cromagnon no enfrentaron estos problemas porque estuvieron muy lejos de imaginarlo siquiera, ocupadillos como andaban en buscarse el diario sustento correteando zorrillos o mamuts.

Por eso digo que la globalización llega a nuestra cultura cuando el hombre abraza el planeta, en el preciso momento en que logra darse una vuelta completa por este enorme barrio en el que para bien o para mal nos ha tocado nacer y en el que seguramente —se los juro por mi santa abuela que en paz descanse—, moriremos si es que algo inesperado no pasara. Comenzar a circunnavegar el planeta tocó en suerte, no sé si buena o mala, a don Fernando Magallanes y culminar tan extraordinaria odisea a don Juan Sebastián Elcano Fue ese feliz momento, en que el hombre poseyó el globo. Abarcó con sus frágiles brazos en 1522. A ellos debemos la única y original globalización. Hay que cuidarse de las imitaciones.

¿Por qué dar un rodeo tan extenso a la hora de presentar un libro como Jerez pueblo mágico? Pues porque su lectura me sugiere ante todas cosas la reflexión sobre este desequilibrio entre la aldea global y el peso cultural del terruño. Entre los amplios horizontes de las autopistas de la información y los tradicionales canales de fijación de la memoria colectiva regional.

Si al principio parecía algo relativamente raro que fueran publicándose historias y monografías sobre municipios, poblaciones, barrios y hasta casas, hoy parece ser algo cada vez más frecuente. Y esto tiene que celebrarse, porque tiempos los hubo donde nadie se preocupaba por rescatar los folclores regionales, los datos puntillosos, la anécdota repetida y enriquecida en su camino a la leyenda, las historias de familia y las hazañas del personaje pintoresco. En suma de todo ese conjunto de datos y saberes que proporcionan identidad, tanto a los individuos como a las comunidades.

Ciudadanos comunes, es decir, cercanos a todos nosotros. Gente a la que conocemos y tratamos, o que convivimos con sus familias, reflexionan sobre sí mismos utilizando el portentoso poder del alfabeto. La escritura como ejercicio de la reflexión y por consecuencia de la preocupación por la pérdida de todo aquello que solía diferenciarnos del resto. En este rancho se adoraba a san Pascual Bailón y ahora me lo cambian por la santamuerte. Hay que hacer algo. En este pueblo comíamos gordas de chicharrón, con un buen jarro de atole, y ahora nos endilgan una Big Mac con Cocacola. ¡Óigame no!

Pues en esta casa entre todos armábamos un nacimiento en navidad, pero nacimiento de poca madre, casi de una hectárea, y ahora nos han metido en la sala un personaje panzón vestido de rojo, con cara de gringo, que no para de reír y que ha llegado con un arbolito de luces estridentes. Del nacimiento ya ni quien se acuerde, doña Chonita. Pues no mijo, ya nadie. Si antes me asomaba la calle y veía al sereno con su linternita dando la hora a grito pelón y cuidando el merecido sueño de los vecinos, ahora que me asomo por la misma ventana no veo más que puros cholos y zetas con música de banda. ¡Qué horror!

Antes iba a misa y la oía de parte de de un curita de pueblo, bonachón, que incluso llegaba a bautizar a la gente gratis, o a dejar una moneda de plata para el sepelio de un moribundo pobre de solemnidad, pero ahora que me asomo a los medios me encuentro con la rubicunda efigie de Onésimo Cepeda. ¡Qué terror!

Curas contra liberales

Localismo contra globalidad. Lo antiguo contre lo nuevo. Pelea que se ve perdida de antemano, tuvo que generar resistencias y respuestas. Los textos recientes del género regionalista a que me he referido párrafos arriba son muestra del malestar de nuestra época ante ese arrollador discurso que nos despersonaliza y nos arroja al departamento de lo masificado. Al estante de lo absolutamente anónimo, emparejado, chato y culturalmente imprescindible.

Las tradiciones de los barrios y pueblos se convierten en este sentido en recurso valioso para la defensa de las identidades, o en muchos casos, en la reinvención de éstas. Porque cada libro tiene su propuesta. Cada autor muestra su vivencie y es resultado a si mismo de cómo le va en la feria. No es lo mismo una leyenda contada por el guía de turistas que por el abuelo que cuida a los nietos. No sabe igual la receta del asado de bodas en la casa del policía jerezano al que venden en la Cantera Musical. No me atrevería a decir cuál es mejor ni peor, mucho menos cual es cierto o falso, porque en estos blandos terrenos la línea que separa la verdad del mito es bastante delgada. Si acaso pudiera opinar cuál es la que me gusta más pero en gustos se siguen rompiendo los géneros.

Es así que el libro Jerez pueblo mágico, del doctor Rodolfo Campuzano Suárez del Real, viene a enriquecer este género de textos que si duda poblarán los entrepaños de la biblioteca zacatecana para el deleite de propios y extraños, pero sobre todo de aquellos que no quieren sentirse como extraños.

Aunque no se me da muy bien ese oficio, vaticino que el libro llegará a alcanzar buena demanda entre los sectores que, como el autor, por necesidades y azares de la vida, han tenido que ir lejos de ese pequeño universo en sí mismo que es nuestro Jerez. Y esa sí que es una gran pérdida, porque es difícil hacerse a la idea de avecindarse en un barrio del este de los Ángeles, o en una calle de la colonia Portales, en el d. f. o en la Avenida 26 en Chicago, que por muy bonitas que sean, no se comparan con la calidez de las plazas, la limpidez de los cielos, la alegría del tamborazo y la variedad culinaria de la tierra de Tata Pachito.

Pero hay límites en esta práctica evocativa. Es por ello que invito a la lectura de este texto, aunque hay que tomarle la palabra al autor que nos regala un bocado muy elogiable de sinceridad, cuando declara en su introducción no haber buscado el “rigorismo histórico de los hechos”, sino que ha aspirado a “transmitir a los lectores el amor y respeto “ que tiene hacia su tierra”, cosa que logra a su manera y nos proporciona un respiro de tranquilidad, porque debemos asumir con todas sus consecuencias estar ante una lectura recreativa y nada más.

Y digo que nos da un respiro porque algún mal pensado podría concluir que toda sociedad en la que exista concentración de la propiedad rural en pocas manos, en que la mayoría de la población no conozca el alfabeto, ni los beneficios de la ciencia, es una sociedad ideal. Que todo lo que huela a liberalismo es intrínsecamente malo; que México estaba mejor cuando no se permitía la libertad de culto o de tránsito. Que estaba la mar de bien cuando para escribir y publicar alguna opinión había que pedir permiso a la Inquisición si no se quería terminar en calidad de chicharrón. Que Benito Juárez era tan malo pero tan malo, que hasta los aguamieleros y vendedores de gorditas de horno de Jerez se le escondían, y no fue sino hasta que llegó el bueno de don Porfirio que se decidieron a salir a la calle de nuevo. Es cierto que Juárez no era el diablo, pero les juro que olía a azufre y se le asomaba la cola roja debajo del diminuto frac. Ese indio era terco que procuraba la igualdad de todos ante la ley, y que se le castiga no sólo por lo que fue en aquella silla presidencial de lujo rodeado de privilegios, sino hasta por lo que hubiera llegado a ser. Y yo que lo hacía recorriendo el país corriéndole al invasor invitado por los patriotas de entonces; eso sí muy creyentes todos ellos.

Nos proporciona gran alivio saber que no hay que tomarse tan en serio algunos comentarios sobre otro gran zacatecano, don Jesús González Ortega, quien ahora resulta que no dirigía combatientes por la república sino “esbirros”. Hay que comunicarlo al ayuntamiento de Puebla para que “desborren” su nombre que en letras de oro han colocado su la sala de cabildos. Y que quiten de una vez los nombres, de la columna que levantaron en su zócalo, de aquellos “esbirros” que defendieron heroicamente Puebla en 1863.

Me pregunto si llevadas a sus últimas consecuencias estas opiniones no nos podrán quitarían el caballito del parque Enrique Estrada, para poner en su lugar una estatua ecuestre del padre Maciel.

Jerez es de ese tipo de poblaciones cuya belleza subyuga cualquier intento de historiarlas. Esto pasa con cierta frecuencia en los pueblos bellos. Se echa de menos una historia social de esa región que contribuya, digo, a separar lo meramente estético de lo histórico, las creencias de los hechos. He sostenido en otras ocasiones que los pueblos y ciudades de cualquier lugar del mundo han recurrido a menudo a la creación de sus mitos fundacionales, labor que requiere de muy pocos ingredientes más allá del amor al terruño y el deseo de perpetuarse en el sentido comunitario. He reclamado el derecho que estos pueblos tienen para actuar así, y hasta cierto punto es de bien nacidos el hacerlo, aprovechando el marco de libertades que hemos heredado de varias generaciones de mexicanos que sacrificaron todo aunque en ocasiones no sepamos agradecérselo.

Felicito al doctor Rodolfo Campuzano y al Instituto Zacatecano de Cultura por esta aportación a la biblioteca zacatecana.

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Comentario

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Comentario de ricardo santana el noviembre 23, 2010 a las 1:16pm
No cabe duda de lo que tenemos y no reconocemos gracias Mtro Jose por llevar y poner en alto el nombre de nuestro municipio en sus reflexiones simples pero con alto sentido del conocimiento con el vocablo del pueblo ojala nos comparta mas de usted , tengo el privilegio de haber compartido un espacio con usted y en su proceder esta su sabiduria gracias

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