Libros para todos
Orígenes de las bibliotecas públicas de Zacatecas
¡Qué regalazo de los viejos liberales!

Por José Enciso Contreras

El concepto de biblioteca pública, que en la actualidad nos parece tan simple y cotidiano, es en realidad invención muy reciente en la historia del mundo, casi tanto como la noción del derecho a la educación que tiene todo ser humano. Bien vistas las cosas, el origen de las bibliotecas públicas acompaña al surgimiento de las sociedades democráticas o que apuntan hacia la democracia, de tal suerte que sería impensable que el proyecto liberal temprano en Zacatecas, en tiempos de Tata Pachito, no tuviera una interesante propuesta en la materia.
Hasta hace relativamente poco tiempo, históricamente hablando, para ciertos grupos sociales era intolerable que la población tuviera en sus manos libros, y más bien ciertos libros que resultaban francamente abominables a los depositarios del poder en la sociedad del antiguo régimen. En todo caso, quien siendo simple particular, poseía una colección, por pequeña que ésta fuese, con toda independencia de los temas que se abordaran en sus volúmenes, aparecía ante los ojos del statu quo como francamente sospechoso de no marchar con las directrices de la época.
En 1826, el cura párroco de Aguascalientes recurrió al gobernador de Zacatecas para informarle con vehemencia que cierto vecino de aquella villa, entonces perteneciente al Estado de Zacatecas, un tal Modesto Delgado, poseía una biblioteca, entre la que se encontraban muchos libros heréticos, por lo que el cura le había incautado el acervo, nada más por sus pistolas. Don José María García Rojas sin perder la calma, ordenó llanamente que fueran devueltos los libros a su asustado dueño. No podía esperarse otra actitud en el gobernador, que no hizo otra cosa que ser consecuente con el mandato de la recién inaugurada Constitución de Zacatecas, de 1825, que establecía la obligación del estado para proteger la libertad de la imprenta, y garantizar a los ciudadanos, entre otras, “la libertad para hablar, escribir, imprimir sus ideas, y hacer cuanto quisieren, con tal que no ofendan los derechos de otros.”
Es decir que en Zacatecas, la resistencia a la libre circulación de los libros, bajo las nuevas reglas del juego republicano y liberal, tampoco fue recibida con beneplácito por todos. Algunos, los más conservadores, andaban definitivamente ardidos. La ya referida actitud del rijoso fraile Pimentel, aquél que en Aguascalientes tronaba a voz en cuello contra los liberales federalistas, causando tremendo mitote, no fue sino mera manifestación episódica de la opinión de numerosos miembros del clero, que no se hacían tan fácilmente a la idea de la concesión de tamañas libertades.
Por otra parte, llama nuestra atención la actitud hacia el libro, por parte de aquella primigenia generación liberal a quien correspondió sentar las bases para la creación del Estado de Zacatecas. La historiografía zacatecana de antaño y hogaño no deja de asociar el arranque de la creación de bibliotecas públicas con ese grupo de políticos burgueses, “las cuales resultaban indispensables para modificar las relaciones sociales y lograr la modernización y progreso de la sociedad, como lo eran la libertad de comercio e industria, la educación pública, o el establecimiento de museos para salvaguardar el patrimonio cultural de la nación.”
Libros, bibliotecas e imprenta fueron ámbitos donde surgieron señaladas diferencias entre liberales y conservadores. Guillermo de los Reyes Heredia considera que una de las causas que desató el auge de las ideas liberales fue la persecución de la libertad de imprenta. Se refiere especialmente al reglamento publicado por el impresentable de Agustín de Iturbide, el 28 de septiembre de 1822, en que aparece una lista de libros prohibidos, entre los que figura El Monitor Masónico. Se incluían además en el documento otros títulos: Guerra de los dioses, Compendio del origen de todos los cultos, de Dupuis; Meditaciones sobre las ruinas, o lo que comúnmente se llama Ruinas de Palmira; El citador; La sana razón o buen sentido, o sea, las ideas naturales opuestas a las sobrenaturales, así en su edición de Ginebra, de 1819, como en la de Madrid de 1812, y cualquiera otra; El compadre Mateo, o Baturrillo del espíritu humano; Cartas familiares del ciudadano José Joaquín de Clara Rosa a Madama Leocadia; Carta de Taillerand Perigot al Papa y El sistema de la naturaleza y su compendio.
Francisco García Salinas, quien asumió el cargo de gobernador del estado el primero de enero de 1829, entre otras medidas orientadas a propiciar la ilustración del pueblo, hizo donación de modesto número de libros de su colección particular, que a su vez sirvió como fondo de origen para la creación de la primera biblioteca pública en el estado.
No ha sido suficientemente reconocida la participación del congreso del estado en la empresa creadora de bibliotecas públicas en Zacatecas, pues tocó precisamente a los diputados yorquinos, don Rafael de las Piedras y don Francisco de la Parra, la iniciativa de fundar la biblioteca del congreso, presentada a la asamblea en agosto de 1830, y aceptada en enero de 1831, iniciando su actividad con los volúmenes que ya poseía en ese entonces el poder legislativo. O sea que en esos ayeres los diputados ¡sí leían!
Los poderes del nuevo estado, cada uno a su modo y con su estilo, fueron formando de inmediato sus propias bibliotecas. El poder Judicial de Zacatecas, por ejemplo, comenzó por comprar a precios módicos, a sus propios integrantes, ejemplares de sus bibliotecas particulares a fin de crear la institucional. Fue el caso de don Manuel Garcés y Eguía, quien vendiera parte de su biblioteca con ese propósito, desde la temprana fecha de 1822. En el fondo reservado de la biblioteca del Poder Judicial de Zacatecas se han conservado estupendamente hasta la fecha títulos de relevancia que pertenecieron a las colecciones personales de los fundadores del Supremo Tribunal de Justicia. En ella encontramos varios ejemplares de la Recopilación de Indias de 1680, y de las Partidas, la Nueva Recopilación de Castilla, la Novísima Recopilación de 1805 y la colección completa de los Decretos y órdenes de las Cortes de Cádiz, por sólo citar algunos ejemplos.
Cabe hacer mención de que, si bien los grupos republicanos, especialmente los que surgieron en los estados de gran vocación federalista, externaron similares preocupaciones en torno a la socialización de la lecto-escritura y el libre acceso a los libros, no en todos los lugares los proyectos fueron tan exitosos, como ocurrió en el vecino Estado de Jalisco, donde a decir de Helen Ladrón de Guevara, la iniciativa encontró serios obstáculos. Algo parecido aconteció con el Estado de San Luis Potosí, que fundó tardíamente su primera biblioteca pública hasta agosto de 1845, a instancias de don Ponciano Arriaga.
Conviene detenernos un poco más en el asunto de la institución de bibliotecas públicas en la joven sociedad independiente de Zacatecas. No sólo se creía en aquella época que la creación de este tipo de recintos era una idea tan novedosa como disparatada de los liberales, sino además un propósito bastante radical y hasta subversivo, pues “…la idea de que la sociedad debe proporcionar a sus miembros los medios para continuar su educación de manera independiente es más radical todavía.”
De ahí que no deba de extrañarnos lo relativamente tardío de las fundaciones de las bibliotecas públicas en la mayoría de los estados de la federación, habida cuenta que la primera institución de este tipo en los Estados Unidos, se fundó en Peterborough, en New Hampshire, en 1833, que ya desde su instauración contaba con una partida presupuestal proveniente de fondos públicos.
La Biblioteca Pública de Zacatecas fue una de las primeras en su tipo creadas en México, pues recordemos que su fundación data de 1831, pero esta cuestión precisaría de estudios más detallados. Baste por ahora con decir que la propia Biblioteca Nacional de México, fue instituida, justamente por iniciativa del doctor José María Luis Mora —bajo la vicepresidencia de don Valentín Gómez Farías—, por decreto de 24 de octubre de 1833, publicado el 26 del mismo mes y año; y que la biblioteca pública de Puebla, al parecer decana de todas ellas, data de 1824.
En el número 187 de la Gaceta del Gobierno de Zacatecas, de fecha 13 de junio de 1830, puede leerse un más que memorable y entrañable inserto que deja de manifiesto, además que las ideas progresistas e ilustradas de aquella legislatura, su carácter de precursora de las bibliotecas públicas en el norte de México:

“Biblioteca pública. El honorable congreso del estado posee actualmente obras clásicas de diferente género, principalmente de política y legislación. Hemos oído decir que con ellas se trataba de formar una biblioteca pública en la misma casa del estado; deseamos que cuanto antes se ponga en planta este establecimiento que debe ser demasiado útil a la ilustración pública. Hay muchas personas dedicadas al estudio que no tienen proporción para hacerse de obras cuyo valor, principalmente en esta capital es las más veces excesivo; estas personas adelantarán demasiado con tener a su disposición una biblioteca de obras selectas que pueden estudiar sin ningún gasto ni gravamen.”

Hemos querido subrayar en la cita el tipo de libros que preferentemente se estaban incorporando al naciente acervo porque revela las preocupaciones que el congreso del estado tenía respecto del arropamiento bibliográfico necesario para las labores que tenía enfrente. Política y legislación constituían los ejes temáticos de la incipiente colección.
Es dificil tener en este momento una opinión completamente informada acerca de las lecturas practicadas por la generación liberal a la que pertenecieron nuestros primeros liberales, pero podemos encontrar algunas pistas interesantes. Mariana Terán afirma que los abogados y políticos de Zacatecas, particularmente los integrantes del Supremo Tribunal, habían leído extractos o libros completos de Benjamín Constant, Montesquieu, Cayetano Filangieri y Jeremías Bentham.
Como bien apunta nuestra entusiasta y siempre laboriosa doctora Terán, “Los libros que pasaron a formar parte de la biblioteca del Congreso son un indicador del interés que tenían los grupos de letrados por el fomento de ciertos temas. Se encontraban las obras completas de Benito Jerónimo Feijoo, las Cartas de Francisco Cabarrús, el Quijote de la Mancha, la Vida de Fernando VII, varios ejemplares de la Vida de Napoleón o los viajes de Humboldt”, entre otras.
Entre 1908 y 1911, los talleres tipográficos del Hospicio de Niños de Guadalupe publicaron el Catálogo general de obras existentes en la biblioteca pública del Estado de Zacatecas, donde, a casi cien años de distancia, aún se encontraban títulos sobre legislación, derecho, filosofía, economía y política, que habían llegado a estos lares en tiempos del primer periodo federalista, o poco antes. Entre ellos sobresalen la Colección de decretos y órdenes generales expedidas por las cortes extraordinarias, de Cádiz; Decretos del rey don Fernando VII, expedidos desde su restitución al trono español hasta la constitución de 1812; La scienza della legislazione, de Gaetano Filangieri; Legislation on principies des lois y Droit Public de l´Europe, de Mably; el Diccionario analítico de economía política, de José Sicilia; Oeuvres complétes, con sus notas, de Francois Marie Voltaire; Elementos de legislación natural, de Perreaud; Instituciones de derecho natural y de gentes, de Reyneval; el Manual de derecho parlamentario, de Thomas Jefferson y las Instituciones prácticas de los juicios civiles, del conde de la Cañada, entre muchos otros.
La aparición de esta especie de culto por el libro y las bibliotecas que caracterizó a este primigenia generación de federalistas zacatecanos, corría parejas con su genuino respeto por la libertad de imprenta, hecho que se patentiza con la actitud del congreso ante la expedición, por parte del presidente Vicente Guerrero, de la ley de imprenta, de 4 de septiembre de 1829, que facultaba a los gobiernos de los estados a censurar impresos y castigar a sus autores. El congreso de Zacatecas le dirigió extensa misiva donde informaban al presidente la no ejecución de esa ley por considerarla conculcatoria de los derechos y libertades constitucionales de los mexicanos. Así o más claro.
Algo parecido puede decirse respecto a los verdaderos efectos que esta política bibliotecaria haya tenido sobre el pueblo llano, que en su inmensa mayoría permanecía viviendo en las penumbras coloniales del analfabetismo. No deja de llamar la atención que en Aguascalientes, bastión conservador de la época, la primera biblioteca pública fuera establecía muy tardíamente, hasta 1876.

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Comentario

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Comentario de lucita el febrero 13, 2013 a las 12:03pm

Muy interesante su publicación, hay que recordar que fué un gran logro para Zacatecas ya que ha sido siempre uno de los estados más conservadores.
Recuerdo una anecdota de mis abuelos, a mi abuelo le gustaba mucho leer, no se si por consejo del algún Padre mi abuelita rompió uno de sus libros "porque no era conveniente" mi abuelo no dijo nada pero al otro día El rompió sus novenas, (travesuras del abuelo) Felicidades por el trabajo que realiza. Un saludo desde Guadalajara.

Comentario de jose enciso contreras el febrero 12, 2013 a las 9:45pm

Yo también quedo cada día mas asombrado de lo que puede hacer un puñado de ptriotas honestos. Qué bueno que te gustó. Por cierto, felicidades por TRT. ¡Qué buena idea! La entrevista al viejito del Chique estuvo genial. Para darles su plegón a los añorantes de las haciendas. Un saludo.

Comentario de Paul Duran Avila el febrero 11, 2013 a las 11:13pm

Interesante lo que nos comparte José Enciso, gracias por hacerlo llegar a nosotros. Desconocía como se dió el surgimiento de las bibliotecas en nuestro estado.

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