Nuestros años maravillosos de piloncillos, melcochas, pepsis y tunas en la Secundaria Federal 1


Por José Enciso Contreras
(escrito en 2004)
Cuesta algo de trabajo hacer recuento de periodos de nuestra existencia que ya alcanzamos a ver con cierta lejanía en la vida. Meditándolo bien, la dificultad sobreviene por razones de auto imagen, es decir, la idea que tenemos de nosotros mismos en este año, en este día y precisamente en este momento. Me explico: hasta ahora he navegado por mi vida con la bandera de ser joven y resulta que ya no lo soy tanto.
Para que me entiendan rápido, quiero ponerles un ejemplo: simpatizo más con la manera que tienen de ver la vida los jóvenes que asisten a mis clases, que con la de mis compañeros profesores. Me gusta el movimiento Zapatista de Chiapas, pero no el de los Amigos de Fox. Sigo sin ir a misa, pero no robo a nadie, sin que eso signifique que sea precisamente un santo a mis 42 años. O sea que, por decir algo, me provoca más placer tomarme una copas de vino o leer una novela, que andarme desviviendo en las colas de los bancos, o preocupando por pagar mis deudas. En una palabra, como dijera uno de los rockeros de los setenta —el inefable Jetro Tull—, creo que soy demasiado joven para morir, pero demasiado viejo para rocanrolear. En descargo, no me apena confesarles que siento ahora más contentamiento en ir a un concierto de los Rolling Stones —ahí como los ven de cascaritas—, que en escuchar a Vicente Fernández o su cursi retoño.
Es por eso que, insisto, asomarse a ver al tipo que uno solía ser cuando estudiaba la secundaria es una labor algo difícil, porque entonces no sólo era joven de ideas sino que físicamente estaba saliendo del cascarón. Para darme a mí mismo una idea de cómo éramos en aquellos ayeres, me fijo en mi hija de 13 años —Fernanda, Ferni para los amigos—, que actualmente cursa el segundo año de secundaria en la Técnica Uno —por cierto, pese a todas mis estrategias por inscribirla en la celebérrima Secundaria Federal Uno. Es muy delgada y pequeñita—, como corresponde a la mayor parte de los adolescentes de su edad. Aunque físicamente es ya una señorita, nadie me va a convencer que ya no tiene la fragilidad de una niña. Es sensible a cualquier desaire, mas no es llorona. Es ruidosa y gritona, cosa que no tenía que lamentar cuando estaba en la primaria. Además es alegre y vivaz, pero aún no sabe lo que quiere. Admira a Pepe, alias El Oso, su hermano mayor, e inclusive gusta de escuchar la música que oye pues es su modelo a seguir y, sin que esto que les cuento salga de aquí, todavía mantiene serias resistencias a meterse bajo la regadera. Le pone apodos a sus maestros y prefectos, nada más el fin de la semana pasada acaba de descubrir el encanto desmadrosillo de ir a una tardeada, a una discoteca del centro histórico, y ha amenazado con que lo volverá a hacer. Me muestra día a día que está luchando dentro y fuera de su casa por encontrar la personalidad de la mujer que terminará siendo definitivamente.
Les relato esto para mostrarles que así éramos en la secun, poco más o menos. Y no veo por qué seguir hablando de la Ferni —Ferchis, entre sus cuates de la secundaria—, pues desde luego que no todos los adolescentes son iguales, aunque lo parezcan, espinilludos y apestosos, y pasando más o menos por similares tribulaciones.
Recuerdo en este sentido cómo nuestra compañera Yolanda Sáenz era infinitamente más alta y desarrollada que el resto de nosotros cuando nos vimos por primera vez las caras en aquel salón del 1° C, en septiembre de 1974; de tal manera que por una especie de fijación edípica, la elegimos como jefa de grupo, por lo que su apodo temprano en ese tiempo fue el de La Jefa. Más tarde nos daríamos cuenta que salió tan desmadrosa que alguna vez nuestra maestra de Inglés, la célebre maestra Cholita Ibarra (alias el Correcaminos), nos reclamaba el por qué la habíamos ungido con tamaña responsabilidad, para la que ser requerían dotes digamos un tanto más aburridas, según la disciplina de una escuela pública.
Fue en segundo año cuando la aguerrida población masculina del grupo C comenzó a dar muestras de que podía aumentar su estatura, aunque no en todos los casos, pues el Chapotín nos llevó la contraria siempre en este tema. Terco como era, decidió quedarse de bajito nomás por hacer honor a su apodo.
El usual aroma del salón también cambió al parejo del fluir de nuestras inaugurales hormonas, pues los sobacos de todo el mundo, de súbito, comenzaron a papalotear prodigiosamente, imponiendo la necesidad del baño diario. Y a propósito de hormonas, si ya desde el primer grado los muchachos gustábamos de las muchachas, y viceversa, a partir del segundo año esta afición se acentuó en definitiva.
No podré olvidar aquel 1975, cuando por primera vez en mi vida tuve que aprobar la mayoría de mis materias en los famosos exámenes de recuperación, pues el año lectivo me había valido olímpicamente madres, contraviniendo una personal tradición escolar desde párvulos. A los 13 años había cosas más interesantes qué hacer que pasársela estudiando. Intuía vagamente que la vida nos brindaba una oportunidad de ser felices y además irresponsables. Nadie dependía de nosotros sino todo lo contrario, todos dependíamos de alguien. Abusivamente me dejé llevar por las secretas delicias de hacerme la vaca con mis compinches de turno: El Pinedo, El Caballo y el muy memorable Plancha, mejor conocido en el medio magisterial como el Pelos Eléctricos. ¡Ah qué delicia, escaparse de la escuela y rascarse lo cojones retozando en una lanchita que flotaba al garete en mitad de La Encantada! Lejos, muy lejos del mundanal “bullicio de esta falsa sociedad”, que nos atosigaba con mil requerimientos y exigencias: ¡Tiende tu cama! ¡Lávate esas orejotas! ¡Ya no seas tan güevón! ¡Bájale a ese pinche radio! ¡Apaga las luces cuando no las utilices! ¡Por qué te dura tan poco la ropa! ¡Si no te bañas nunca vas a tener novia!
En cambio, era mucho más agradable navegar despatarrado por aquel océano de aguas verdosas y pestilentes, con los graznidos de los patos y gansos a lo lejos, amenizándonos la mañana desde la orilla del lago, que más que lago era y sigue siendo nada más que un cabrón charco, hediondo a pescado muerto, pero que lo percibíamos inmenso, infinito, cálido, amniótico y apacible.

—Es como el mar de los de los Razargos, ¿verdad pinche Enciso? —me dijeron.
—El Mar de los Sargazos, güey, ¿qué no ves los programas del capitán Custeau?

A todo esto Jacques Custeau era un franchute que se la pasaba en los mares porque no tenía otra cosa mejor qué hacer, en un barquito llamado El Calipso, cuyos documentales pasaban los sábados por la tele.
Era mucho mejor oír al Plancha hacer evocaciones de lo buenotas que se estaban poniendo nuestras vecinas del grupo B, y comentar las sesudas tácticas para verle los calzones a una maestra de Química que les daba clase a los de tercero, y que estaba de no malos bigotes. Planeábamos además maneras grotescas de dedicarle canciones al Cocol, nuestro singular maestro de Historia, fingiendo la voz de maestras de la secun, jurándole amor eterno en el proverbial programa de Complacencias de la K.
En medio de nuestro propio y auténtico Calipso, a millas náuticas de lo que se suponía eran nuestros deberes ciudadanillos y escolares, sacábamos la cajetilla de Raleigh y fumábamos, fuera de cualquier opresión. Bien mareados de tabaco y sol, a eso de las trece horas enfilábamos la proa con aire de barlovento hacia el escuálido muelle administrado por el DIF. En el radio del cuidador de las lanchas sonaba a todo pulmón una rola de Mocedades, llamada El Vendedor, que nos fuimos tarareando mientras caminábamos sobre los rieles del trenecito escénico, que para nuestra mala fortuna sólo funcionaba los domingos.
Para llegar a efectuar nuestro crucero por la Encantada, debíamos tras la primera hora de clases, saltar una verja de acero cuyos extremos terminaban en punta afilada y que cercaba los límites de las llamadas Canchas de Arriba. La tripulación y yo teníamos que ponernos de acuerdo para llegar hasta allí y saltar lo más rápido posible; no era labor sencilla, pues mi amigo El Caballo llegó a quedarse colgando de aquellas puntas en forma de flecha, pendiendo de la chamarra que, atada a la cintura, se había ensartado en ellas. Alguna vez tuvimos que regresarnos a toda prisa para descolgarlo y correr nuevamente hechos madres hasta el callejón de García Rojas para no pasar frente a la prefectura.
Y a propósito, cómo olvidar a uno de los entonces prefectos. No recuerdo su nombre, pero sí su aspecto. Se trataba de un hombretón gordo y rubio, barbado y tan peludo como una alfombra, seguramente más ancho que alto, por lo que se le motejó como El Brutus. Era tan gordo tan gordo, que debía controlar a aquella turba de agitados demonios espinilludos, valiéndose más de su imponente presencia y su áspera y grave voz, que de su mínima agilidad física. Siempre de guayabera, recorría los pasillos de la Secun cumpliendo con su deber, pero a nosotros nos daba la impresión que nomás buscaba a quien chingar. No podía moverse con facilidad, les digo, pero se las arreglaba para imponer al personal una sensación de omnipresencia. Estaba siempre en el lugar correcto y a la hora correcta para aguarnos la fiesta. En suma, era como dios, porque estaba en todos lados y nadie lo podía ver. Burlarlo era pues todo un reto que justificaba nuestras piloncillas vidillas en este mundo.
En cierta ocasión, para efectuar nuestro peculiar y espectacular acto de escapismo, haciéndonos los pendejos nos quedamos jugando futbol en las Canchas de Arriba, esperando que los grupos ingresaran a sus aulas para la clase de la segunda hora. Llegado el momento, nos disponíamos a brincar la citada reja, cuando vimos que el Brutus avanzaba amenazadoramente hacia nosotros, terminando exhausto y jadeante de subir las escaleras de las canchas. Bufaba improperios inentendibles, ordenándonos regresar a clase. Al vernos sorprendidos, percatándonos que nos impedía regresar a la Cancha de Abajo y que además se oponía entre nosotros y la verja, optamos casi instintivamente por bajar hacia un espacio no construido que se ubicaba al final de las canchas y daba a la espalda de la iglesia de Santo Domingo. Para llegar hasta allí hubimos de bajar una empinada pendiente terregosa de cinco metros. Llegado al límite inferior de la ladera, el prefecto nos increpaba desde arriba, viéndose más imponente de lo que ya era: ¡muchachos cabrones, los vamos a expulsar, suban inmediatamente! La mole se paseaba de un lado a otro del borde, mirándonos allá al fondo, a un puñado de piloncillos culeros asustados, nomás pelándole tamaños ojotes. Y seguía gritando el Brutus sin atreverse a bajar. No puedo decir que estaba enojado, más bien estaba encabronado al ver nuestra renuencia. No recuerdo si fue el Plancha quien le gritó desde abajo: ¡Baja por nosotros si eres tan macho, pinche panzón!
Aquello terminó por sacar de sus casillas aquel Pantagruel de petate que comenzó a bajar con extrema dificultad, cargando sus ciento cincuenta kilos por aquella pendiente resbaladiza. Bufaba, maldecía y sudaba a chorros, por momentos parecía que se nos venía encima. Una vez que llegó a la mitad de la cuesta, todos subimos corriendo hacia la verja y saltamos veloces hacia la calle. Ya desde la calle, nos detuvimos todavía para ver cómo el Brutus al borde del infarto volvía a subir hacia las canchas. Esperamos cinco minutos y nunca lo vimos aparecer, sólo alcanzábamos a escuchar sus folclóricas imprecaciones contra nuestras respectivas madrecitas. ¡La tuya, güey¡ le gritó el Pinedo desde la calle. Más tarde nos contaron que Cornelio el conserje y otros trabajadores tuvieron que bajar por él.

—Ya ves, pinche Pinedo, por eso no nos invitan a salir en la obra de Jesucristo Super Star, por lo mamones que son tú y el Plancha.
—No mames, Caballito, si no nos invitan es porque los cuatro somos los más feos de la secundaria, después del Brutus, y además porque te apestan re gacho las patas, desde que te compraste esos zapatos de bolillo, según tu muy chingones — aludí a mi amigo de la Laguna del Carretero.

Aclarado lo anterior y tomado debida consciencia de nuestra situación, pasamos con aire triunfante a la tiendita de don Benjas a proveernos de cigarillos, papitas y pingüinos, y nos largamos rumbo al Mar de los Sagarzos. El Pinedo estuvo todo el tiempo cantando una rola de Camilo Sesto.

Debo confesarles, sin que salga de aquí, que tenía éste que les escribe, otra faceta menos conspícua, la de ser de vez en cuando, un niño bueno. Quiero corregir: no es que fuera realmente malo, sino que más bien en ocasiones solía ser algo más libre. Pero como les dije al comienzo, la adolescencia es una búsqueda solitaria y confusa de nosotros mismos. Una auténtica metamorfosis interior, en la que se rompe abruptamente la carcasa del niño que estábamos dejando de ser, emergiendo a golpe de testosterona —o de progesterona, según el caso—, la personalidad adulta con la que para bien o para mal transitaremos por este mundo el resto de los días de nuestras existencias.
Cuando sentía algún cosquilleo moralino en mi consciencia, procuraba deshacerme de él lo más rápido posible. Por ejemplo, Daniel López y yo nos metimos a estudiar pintura y piano en el IZBA. Sólo mi amigo el Negro terminó con éxito aquellas inquietudes, pues ahí donde lo ven salió bueno para la tocar las teclas, llegando a hacer de esa destreza una forma de vida. Si estaba con Daniel, lo más probable era que oyéramos música clásica, con que el profesor López Castrejón proveía regularmente a su casa. Allí escuché por primera vez a Mozart, Vivaldi y Chopin, por mencionar tres autores bastante potables al gusto de cualquier piloncillo. Pero además, Daniel por su cuenta coleccionaba música, por ejemplo de Las Águilas, Electric Light Orchestra y Elton John, lo que nos permitía, en el impresionante aparato cuadrafónico que se instaló el profe en su casa, salir de las rutinarias canciones de la radio.
La estación XELK, mantuvo acertadamente y por muchos años, media hora de música de los Beatles, a media tarde, por lo que no sonaba nada mal el asunto. En casa sólo había un destartalado radio de bulbos marca Majestic perteneciente a mi sacrosanta abuela, en el que el cuarteto de Liverpool hacía presentaciones de lujo.
Sergio Aguilera era también un estudiante tranquilo, al igual que Hugo Hernández y Alejandro Campos, con quienes solía hacer bola de vez en cuando, especialmente cuando se trataba de estudiar para los exámenes de inglés, química o álgebra. Con Sergio descubrí que los Beatles servían para acompañar todos los momentos de nuestra vida, incluso para estudiar, que ya era decir. En este otro grupo también me sentía a gusto. No quiero decir que fuera un grupo aburrido, pues también tenía las mismas tribulaciones que con el grupo de El Plancha. Pero en conjunto era un grupo estudioso y salvo Daniel y yo, el resto integró la escolta de la Secun. Y nadie de la flota, salvo el Güiro y yo, decía palabrotas. Con Daniel he cultivado una amistad de muchos años, pues estuvimos juntos desde la escuela primaria González Ortega, y después convivimos en la Prepa, donde nos separamos académicamente. Siempre fue un tipo pulcro y cuidadoso. El hijo que todo el mundo quisiera tener. Al que le duraban los útiles escolares todo el año y más allá. Jamás decía chingaderas, sólo le oí decir alguna cuando se lió a golpes con Arturo Ramírez Galindo. No bebía ni fumaba y más o menos el resto de esta pandilla de aplicados era así, con excepción de su servidor, pero no conocieron la cubierta del Calipso, ni surcaron las tranquilas aguas del mar de los Sagarzos.
Al paso de los años me he acordado de más cosas de las que debiera y al garrapatear esta breve crónica de nuestra fugaz adolescencia les confieso que lo he disfrutado. Creo que en suma todos los miembros de aquel grupo hemos llegado a nuestra manera a ser hombres y mujeres de bien. Hemos vivido. Tenemos hijos, la mayoría. Nos hemos casado o descasado. Y aunque tengamos unos kilitos de más y unos pelos de menos, en el fondo deseo que nuestros lazos se estrechen, que sigamos honrando aquella etapa abrupta y agridulce de nuestras vidas y como dicen los masones, ¡que nos una la fraternidad eternamente!

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Comentario de ricardo santana el agosto 25, 2011 a las 9:38am
Gracias maestro de verdad es grato poder disfrutar de sus escritos
Comentario de Luis H. Rodríguez Silva el agosto 25, 2011 a las 8:18pm
Que buen relato!,nos cambia el punto de vista de un joven a un adulto sin sentirlo siquiera, hasta me senti otro tripulante del Calipso, apuesto que lo escribio sin detenerse, ni siquiera requirio editarlo y admiro el lenguage usado, el de un joven inquieto a el de un adulto culto y profesional.
Comentario de FRANCISCO VELASCO REYNA el septiembre 8, 2011 a las 9:34pm
¿Cuantos quedamos aqui retratados en este relato? tochos morochos. Mis felicitaciones al maestro. Disfrute desde la primera hasta la ultima letra, me cae que si.

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