RETORNO AL ORIGEN
Pero estamos en Villa del Refugio y salen a recibirnos, con entrañables efusiones pueblerinas, mi tía Cuca, mi tío Salvador y una docena de vecinos.
En el pueblo -tiendo los ojos, en un primer vistazo- ya nada familiar. Ni siquiera estoy por asegurarlo conocido. Para esta gente sin embargo, soy perfectamente de aquí. Rancheros de puntiagudos bigotes y saquitos de casimir corriente y chamarras con bordados negros y rojos, se acuerdan de cuando yo era un chico y jugueteaba en la Plaza de Armas, y una señora -la de la tienda principal del lugar- de cuando, en casa de mis abuelos, me oriné en sus ropas. Tengo - pienso- desprenderme de efusiones y agasajos, para poder recoger mis pasos de hace tanto, tantos años.
En casa de mis abuelos -ahora de mis tíos- es una de las dos o tres principales de Villa del Refugio. Portada de cantera, tirando a rosa - la misma cantera que refulge en Guadalajara y San Juan de los Lagos y Aguascalientes-, y dentro un patio que, con solo verlo y aspirarlo, ya me devolvió a mi origen. Un patio de naranjos y parras, con su pozo, sus puertas en torno y allá, al fondo, el corral. Los Corrales, mejor dicho. En el último está la puerta falsa que sale a las proximidades del Arroyo del Laurel. (Algo, sin embargo, me ha impresionado extrañamente. Extraña y pungentemente. La pequeñez de todo. En mi recuerdo, este patio era enorme, casi tan enorme como el Palacio Nacional de México, en él corría yo como un descampado y a duras penas alcanzaba a brincar su barda no tiene más que un escaso metro de altura.
Bien aquí está la parentela en masa, en el fresco corredor de equípales y canapés. Muchachotes atléticos tóraces –dos de ellos fueron cristeros la guerra de hace doce años, la Guerra de los Cristeros, dicen por acá-, doncellitas de ojos remilgosos y gordas señoras de trenzas castañas y señores de embozado, pero cordial mirar. Esta es mi gente. Uno es panadero y hace ocho días tuvo un lio con el presidente-. Otro, gallero. Aquella, se acaba de casar con un ranchero de Huanusco que fue asistente del General José Isabel Robles. La de mas allá toca divinamente la guitarra y compone el tejuino maravilloso de la región. Aquel viejo charro de ojos metálicos, enjuto como un cuero de res, me llevaba a pasear, en su caballo, cuando yo era niño, y después anduvo en la Revolución.
Estamos a 24 de Diciembre y se oyen, a lo lejos, cohetes. Ahora estoy en mi recamara. En esta recamara durmió y murió y fue amortajado mi abuelo, que se llamaba exactamente como yo. Una lóbrega, abigarrada recamara de bóveda catalana y dura cama de tablas. En torno, brillando a la luz del quinqué, el católico aparato de la escenografía de López Velarde: esferas, rinconeras, arcones, astas de toros que fungen de clavijeros. Y retratos. Muchos retratos. Mujeres de hondo mirar y sonrisas enamoradas, vistiendo trajes de polisón. Señores peinados con raya al lado derecho y desenchufarnados levitones. Niños, sobre un poncho, desnudos. ¡Niños que si vivieran – a juzgar por las fechas de las dedicatorias- tendrían ahora ochenta y tantos años¡
Huele a naranjas y a requesón. Los pájaros arman escándalo ensordecedor entre los arboles del patio. Allá al otro lado de la casa, en el corral de los becerros y las vaquillas, se produce un tierno mugido. Me cala hasta la raíz del ser el regusto de mi origen, un regusto tantos años olvidado y al pronto avasallador. Un regusto que la vida soterró en sus estrépidos y hoy resurge, precisamente en este sitio, y se adueña de mí y me precipitan en una suerte de inmersión en mis fuentes.
Así, tirado en la cama de duras tablas, siento ahora que nada, fuera de esto, existió nunca. Que todo mi pasado fue un largo, un mero sueño. Y sueño los años, y los caminos, y las gentes, y los sucesos. Y que al pronto, acabo de despertar y me reencuentro, niño como cuando me quedé dormido, en lo hondo de la vieja casa desmantelada, en una recamara de bóveda catalana, en la que se va achicando el resol de media tarde, oliendo el aroma de las naranjas y el requesón y oyendo el mugir de los becerros y las vaquillas allá en el corral, un corral enorme con sus bebederos en los que cada noche –esta misma, si de veras todo lo pasado fue un sueño- vamos a contar las estrellas…
El pueblo es pequeñito y, como todos los del interior –apenas con muy contadas excepciones-, perdió población e importancia con la Revolución y los trastornos subsecuentes a ella. No tiene arriba de veinte manzanas y las construcciones de piedra no suman más de cinco- contando, claro está la parroquia, el santuario y la presidencia municipal.
Ya casi no quedan calles empedradas. Las más están reducidas al vil terrenal. Sobre las acercas echan sus sombras las canales –las canales que cuando yo era niño oía vomitar diluvios y diluvios, en las noches de temporal-, dos de esas calles- y bien principales, por cierto- ostentan nombres de parientes míos: General y Licenciado Trinidad García de la Cadena y Profesor Enrique Pérez, el maestro de primeras letras de mi Padre y mío.
Esta es la plaza de armas. Le arrancaron sus laureles de la India y se ve intonsa como un potrero. Enfrente, iza la parroquia su blanca cúpula y sus torres desiguales. En la presidencia municipal hacen escolta los soldados del destacamento. Al lado, en un portalito chaparrón, se congregan los puestos de atole, tamales, arroz de leche y birria que harán las delicias de esta Nochebuena. Es el portalito de las tiendas. La de la esquina fue el más importante almacén de ropa en muchas leguas a la redonda, hasta antes de la Revolución, y perteneció a mi tío Máximo. Casi en el Filo de la esquina opuesta, abre sus puertas “La Florida” un comercio de víveres y chácharas que atendía su propietario: mi padre. Tenía un tapanco con una gran bola de lotería y un lustroso mostrador en el cual pinté en hojas de papel de envolver, muchos garabatos.
Si tomamos en consideración los barrios –los llamados barios, que en realidad son otras localidades, físicamente aparte del pueblo-, este no se ve ya tan pequeñito. Barrios de la Capilla, de Arriba, de la Ladrillera, de San Nicolás. Allá entre el Arroyo del Laurel y los Ceros de la Religión y la Libertad- ¡Vaya nombres categóricos de candentes banderas de la Guerra de Reforma¡-, en un estampado que se viste de grama y flor en los estíos, celebraban, los domingos, sus fiestas y sus meriendas las familias del lugar.
El número fuerte de aquellas convivialidades consistía en los siguientes. Se enterraban hasta el pescuezo unos gallos, de modo que solo asomaran las cabezas, adornadas con los ojos bien vendados y armados de un formidable garrote, batían y batían el vacío, hasta que el alguno, a su turno, atinaba a herir la cabeza de la infeliz víctima y la molía a estacazos. Y en tanto, fulguraba el Sol y una orquesta tocaba lánguidos valses y se bailaba y se hacía el amor.
Por allá, al termino de las calles de González Ortega –otro nombre casi local- y 16 de Septiembre, dado contra el rio, está el cementerio viejo. Hace ya pilas de años que fue clausurado y si me meto entres un resquicio de sus muros de adobe vengo buscando un rastro de muertos. Mis muertos. Las tumbas y las simples sepulturas son despojos. Se ve que los deudos de estos finados o ya murieron, también, o se fueron de Villa del Refugio. Aquí y allá, las losas hechas pedazos y asomando, entre las grietas, calaveras, fémures, cúbitos, en un macabro abandono. A unos pasos, unos jumentos ramonean apaciblemente entre los mezquites.
Un panteón eminente de piedra y hormigón, hacia el muro de adobe. Un panteón chato y ennegrecido y abriéndose en cuarteaduras. Me empino sobre su base y leo, entre otros, desdibujados y pequeños, el nombre capital que mereció este feo y basto monumento: mi propio nombre. Si, aquí está enterrado mi abuelo. A mi pesar, la impresión me aturde. Y muy hondo, cala en mi ser, otra vez, la evidencia del sueño. Como si todo lo pasado –los años y los caminos, y las gentes, y los sucesos- fueran sombras, nada más, y yo estuviera muerto. Muerto y sepultado aquí. Precisamente aquí bajo este nombre. El mío.
Me arranco del lúgubre sitio y salgo por el resquicio del adobe.
La calle se llama Iturbide y ha de estar igual –me figuro- a los últimos años del porfirismo. Esto es lo que pudiéramos llamar “el centro” del pueblo. Después de la casa de la esquina, otra, de desportillada fachada, con una ventana sin rejas. Es la casa en que nací. Otra vez me embarga la misma sensación de pequeñez de todo lo que me rodea. En mis mitos, esta casa era enorme. Cuando asombra por la ventana –allá, abajo, mugía el rio- había una profundidad de abismo hasta el suelo. En el suelo, empedrado, había un hormiguero.
Hoy habita allí un sacerdote. Me mira, desde el patio ¡que feo y que desolado patio¡- y me cuelo, empujado por la emoción. No tiene más remedio que invitarme a pasar. Juntos, entramos en la sala, en la cocina –la cocina era, por lo que veo, lo más importante de la casa- y luego el corral. Un corralito insignificante donde a la razón ayatan a un bayo chaparrón. Y otra vez al patio. Un granado. Macetas. El horno. Tiene, a lo más, dos metros de altura. Se toca la bóveda con la mano, una vez me caí de ella y me herí.
Ante esta puerta, vacilo. Alguien informa al sacerdote que en ella nací, y entro solo. La sensación de pequeña otra vez. Una anonadante, vulgar pequeñez. Una pequeñez que echa en tierra la solemnidad de mis mitos. Me acuerdo de las astas de toro en las cuelas prendía su capa dragona. Antes de dormirme, la sombre de esa capa, agrandada por todo el cuarto, me aterraba como un fantasma. Y ¡me sentía tan pequeñito, tan nada en la vasta recamara¡ ¡Era, para mí, tan grande como los mundos¡
Ignoro donde estaba la cama y donde, los sábados, a las once, me bañaba mi madre. Esto del baño era una señora ceremonia. El agua había sido previamente entibiada y, tras el remojón en una tinta de hojalata, mi abuela me daba a beber una agua fresca de limón con chía. Por esa ventana pasaba, los domingos, el convite de los toros o el circo.
Me acuerdo de un profundo colorín de banderillas y de un payaso que montaba un burro y hacia chistes a los niños. Cuando llegó la Revolución –el primer cabecilla local se llamaba Manuel Avila oí sus gritos por esa ventana.
He aquí mi origen, si me asomo en ella, me asomo en mí mismo. De estas cosas –entrañables cosas, si las hay- hablé de memoria en Campo Celis. Yo se que las idealicé y que son como la novela dice. ¡A la distancia, los bultos queridos cobran dimensiones punto menos que exorbitantes¡ los chicos con quienes jugué afuera de esta ventana, han muerto en tantas guerras o se han largado a pizcar algodón en Texas o a vendimiar la uva en California. Otros se fueron a Tampico, en la época del auge. Los que quedan son débiles, los timoratos, viven asidos al agrillete del pueblo y tienen proles de ocho o doce. Uno es el panadero, mi pariente. Otro, el gallero.
Esta casa es mi padre y mi madre. Recordándola, me dirijo a la escuela de niñas. Unos paredones roídos por los años y la metralla. Unos paredones sobre los cuales fueron fusilados docenas de villistas, carrancistas, cristeros. Una vieja maestra rumia el silabario. Aquí, bajo estas bóvedas en las cuales el quinqué de mi madre untó su humo, enseño a leer y a escribir a niñas que hoy son mujeres y tienen muchos hijos y hasta nietos que andan regados por los ámbitos de la tierra. Aquí se bailaron los valses del novecientos tres, en las noches de fiesta del pueblo, con ocasión al año nuevo o al arribo de un importante personaje de Zacatecas.
Nochebuena. El dulce temple de mi pueblo permite andar, a las doce de la noche, sin gabán, y si ustedes quieren, sin saco. Todo Villa del Refugio está en la Iglesia, tras la misa de gallo, los pastores bailan frente al Niño Dios, que está en cápelo. Una linda danza con villancicos. Luego todo el mundo a la calle, a engullir tamales, pollo, atole, birria, arroz con leche.
A las diez en punto se acabó eso que aquí llaman la luz eléctrica. El pueblo queda hundido en la sombra, la misma sombra que cuando yo era niño y para ir de una casa a otra nos acompañábamos de un quinqué. Noche de mis mitos. Allá, por el Cerro de la Religión, avienta el fogonazo de sus faros un camión de carga que viene de Aguascalientes. Estoy cansado y tengo ganas de echarme en la cama de duras tablas, bajo la vieja bóveda catalana de mi recamara, en cuyas cuarteaduras quedaron clavados los ojos de mi abuela, cuando murió.
1936
Publicado originalmente en:
“Tierra y viento, ensayos”, Editorial Stylo, Mexicano, D.F; 1948 p.p. Páginas 211-223 “Retorno al Origen” Mauricio Magdaleno Cardona. 1948
Y publicado poesteriormente en:
“Orgullo de Nuestra Tierra” Mauricio Magdaleno. Tabasco, Zac. 2006. Recopilación: Francisco Javier Sandoval Ortega. Cronista del Municipio de Tabasco.
PAUL DURAN AVILA ENERO 2012
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