Sobre el SIDA y otros horrores



Para Margarita Ortiales y los
héroes anónimos anti SIDA


Por José Enciso Contreras
Cronista de Zacatecas






Supongamos que se llamaba José Luis Alavés, y también que nació en un pueblo zacatecano llamado Tabasco, dos años antes de que este cronista viniera al mundo. Me tocó conocerlo a él y su familia, caracterizada por un desbordado catolicismo, muy común en la tierra de Mauricio Magdaleno. Hijo mayor de una numerosa prole que vivía de la crianza y explotación de ganado ovino, su infancia no fue diferente a la del resto de nosotros a no ser por que tenía varias hermanas realmente hermosas —una de las cuales cortejé con verdadero entusiasmo en mis mocedades—, hecho que, desde luego, le granjeaba una gran popularidad entre la comunidad.
No tuvo mucha escuela ni mucho mundo, hasta que, con los años mínimos indispensables, cambió la Plaza Francisco Zarco de su tierra natal, por Sunset Bulevard, en los Ángeles, California. Esta migración en busca de empleo tampoco singularizó en nada a José Luis Alavés, pues muchos de su edad hicieron lo mismo, provocando que Tabasco perdiera otra generación más de sus hijos. La celebridad, si es que este término tiene un sentido trágico, la adquiriría más tarde.
Como a muchos de esa camada de emigrantes, tampoco pensé encontrarlo de nueva cuenta. Pensándolo bien, nunca lo volví a ver en persona, hasta que una paisana amiga mutua me enseñó una clásica foto de los emigrantes zacatecanos a los Estados Unidos, que le fue tomada un par de años antes de su triste regreso: aparece muy contento, fuera de una casita estilo California, de esas cuyo alquiler ha de valer no más de cuatrocientos dólares al mes. Aparecía apoyado en un auto deportivo de medio uso y presumía una lata de Budweisser bien aferrada en sus manos.
Hacia 1987, el tema del SIDA era tan extraño a los zacatecanos como para la mayor parte de los habitantes de este planeta. Qué no decir de los tabasqueños en lo concreto, acostumbrados por lo general a esquemas de vida más despreocupados, por decirlo de alguna forma. México vivía momentos sumamente complejos pues, para comenzar, el PRI, ese complejo organismo mitad estado mitad cofradía que tantas criaturas ha parido, mostraba signos de ruptura interna encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. La nación se preparaba para los prolegómenos de la transición democrática.
Hago referencia a estos datos simplemente para establecer que las primeras planas de los periódicos de la época estaban pobladas de notas de carácter político. Es decir, como siempre, ponemos más atención a cosas triviales y descuidamos las nodales.
Sobre el SIDA imperaba una ignorancia supina, diría yo casi beatífica, drástica y atávica. Cundía gran confusión que se prodigaba en medio de un ambiente de terrorismo noticioso. Se oían muchas opiniones respecto de su etiología y se soltaron las más variopintas versiones sobre los mecanismos de su transmisión. Como ocurre con lo desconocido que nos causa miedo, el SIDA propició la difusión de mitos, leyendas y supersticiones. Desde los púlpitos, católicos o no, se escuchaba el reclamo y regañina fundamentalistas: “Se los dije, pecadores.”
Que el SIDA era asunto sólo de los homosexuales, clamaban los conservadores, dejando entrever que la enfermedad no era sino castigo bien merecido. Que la ira de dios —ese dios umbrío y vengativo de los fundamentalistas—, se descargaba sobre la muy dilatada nueva Sodoma que era nuestra aldea global. Además se juraba y perjuraba que el síndrome se transmitía mediante piquetes de insectos y hasta con las simples miradas lúbricas de los infectados. Que abundaba en las estéticas de mariquitas y mordía con sus tijeras infecciosas a los parroquianos, penetrándoles por los cabellos. Esas y otras tonterías como aquello de que las prostitutas podían infectarte hasta con el pensamiento.
Se supo que en ciertas escuelas se negaba el acceso —mediante tumultos de frenéticas e histéricas madres de familia—, a los niños de quien se tenía la sospecha de haber estado siquiera cerca de los enfermos de la terrible enfermedad. Otras más describían patéticas escenas de ceropositivos que al salir de la clínica donde les habían dado el severo diagnóstico, escupían a diestra y siniestra en la calle a los transeúntes, enloquecidos de terror, como queriendo vengarse por el indeseable contagio. Se pronosticaban nuevas hordas de leprosos vagando por los caminos del señor con sendas campanas colgadas de sus escuálidos pescuezos.
Pero volviendo a José Luis Alavés, les conté que después de una prolongada estancia en California, regresó de súbito a Tabasco, sin mediar explicación alguna. Tan sólo reapareció sin más en el paisaje pueblerino que lo desconoció, porque ya no era el mismo en muchos sentidos. Tenía más años, era más alto, pero igualmente se veía ojeroso, atiriciado, como suele decirse en los cañones. Inicialmente nadie se percató de su retorno, fuera del círculo familiar que en sí mismo, como ya se apuntaba, no era para nada reducido.
Al paso de los meses, al parejo de un rápido languidecimiento, los rumores ubicaron la explicación del inesperado retorno de José Luis, en el SIDA. O sea que Alavés había regresado para morir en su tierra a causa de esta nueva peste de la era cibernética. La había pescado en Gringolandia y sólo buscaba bienmorir en su tierra.
El rumor cobró fuerza en el pueblo y sus alrededores. La familia Alavés, que basaba parte básica de su sustento en un puesto del mercado, donde vendían quesos y demás derivados de la leche, fue quedándose aislada poco a poco. Tuvieron que pensar en salir a vender sus productos a Huanusco, Jalpa o hasta Aguascalientes. Ya no sólo se evitaba el contacto comercial con ellos, sino hasta el físico. A su paso las habladurías los seguían por las aceras. En las misas dominicales se advertía una actitud de realismo mágico ante los nuevos leprosos del pueblo. No eran malas personas pero algo habrían hecho para que el rayo divino los azotara de esa manera.
Me pregunto qué es lo que habrá pensado aquel clan tan numeroso de los Alavés sobre su atípica circunstancia. Parecían peor que extraños en su pueblo. Eran prácticamente apestados. Desairados en la escuela, en la iglesia, en el mercado. No ignorados, lo que sería una más benigna forma de la marginación, sino repudiados y repelidos en silencio. Sin palabra alguna. Sin insultos. ¿A dónde pensarían que se habrían ido los buenos tiempos? ¿No habían ido a la escuela con todos aquellos niños? ¿Acaso sus ancestros de muchas generaciones no estaban enterrados allí, en el mismo panteón, junto a los de los demás? ¿Qué estaba pasando? ¿De qué habían servido tantos años de fe? ¿Dónde estaba dios?
Ni la muerte de José Luis Alavés cambió la situación para el grupo. Lo peor estaba por llegar. Tras el infausto acontecimiento de su deceso, en un ambiente social acostumbrado a las masivas asistencias a los funerales, las exequias de José Luis fueron desairadas a tal grado que podía contarse con los dedos de las manos la exigua asistencia: los más leales, los más allegados. Incluso alguien se opuso a que los restos del emigrante fueran depositados en el panteón local, como si fuera a contaminar a la muy saludable comunidad que lo habitaba. Que fueran a enterrarlo a otro pueblo. Lejos, donde no fueran un peligro sanitario. De todas formas, la piedad se impuso y aquellos tristes despojos fueron depositados al pie del Cerro Alto.
Cuentan que el cortejo hacia la última morada de José Luis fue igual de breve. La gente en lugar de seguir el féretro, se limitaba a observar con azoro, desde las puertas y ventanas de las casas, el desolado paso del grupo de dolientes.
Parece que ese fue el primer caso de SIDA detectado en nuestro estado. Siento que ocurrió apenas ayer, pero la fecha ya suena lejana y realmente se trata ya de acontecimientos del siglo pasado. Para quien el asunto resulta dolorosamente inolvidable seguramente es para la familia Alavés.
Sin embargo, hoy las cosas no son del todo diferentes. Sabemos más acerca del padecimiento. Desde entonces a la fecha se ha logrado aislar al VIH y los científicos se han adentrado en sus entrañas sin lograr, sin embargo, más remedios que una buena prevención y tortuoso tratamiento. Suena fácil, lo sé, pero el caso es que el número de infectados ha seguido creciendo, silenciosa pero implacablemente. No hay que ir a los municipios con grandes índices de emigración. Sin saberlo, es posible que varias de las personas que conocemos en la escuela y el trabajo estén infectados, y puede ser que ni ellos mismos lo sospechen. Para ser más directo: ¿alguno de nosotros se ha realizado la prueba alguna vez? En caso afirmativo, ¿cuándo fue la última?
Aunque suene a película catastrofista, debemos reconocer que la epidemia se mueve entre nosotros, pero tanto por sus propias características como por la implicación social del problema, se trata de un padecimiento disimulado. No hay porqué olvidar que las primeras reacciones de las autoridades sanitarias de Zacatecas ente los primeros casos de SIDA fue de una rotunda y casi criminal negativa.
No hemos podido en el transcurso de estas más de dos décadas de presencia del SIDA en Zacatecas, aprender a convivir con los ceropositivos. Por su parte, las comunidades de enfermos se refuigian por lo general en actividades de autoayuda. Están solos y sin ningún apoyo.
Lo que permanece en el fondo de las cosas es que no hemos superado los prejuicios y tabúes en relación a nuestros hábitos sexuales. Si no hablamos de nuestra sexualidad siquiera en abstracto, mucho menos podremos abordar sus riesgos en lo concreto. Contra lo que se diga, aún existen muchas resistencias morales ante el tema. ¿Cómo esperar remontarlos si seguimos siendo un estado que ocupa uno de los promedios más bajos de escolaridad? ¿Cómo si en los estados vecinos aún se proscribe el acceso de los homosexuales a los sitios públicos, más por ignorancia y temor que por otra cosa? La homosexualidad no se contagia, pero sí el VIH. ¿Cómo esperarlo si las recetas preventivas más recurrentes se basan en la ridícula, por antinatural, abstinencia sexual?
La enorme ola conservadora que envuelve la atmósfera política y ética del mundo también incide sobre México. Los cambios no siempre representan avance y no sé por qué sospecho que nos esperan varios años de confrontación ideológica en los cuales tendremos que debatir temas candentes como éste que hoy tocamos.
Hay qué convencer a la gente de vivir su sexualidad plenamente, pero en términos de seguridad. Tenemos que apoyar las actividades del COESIDA, los médicos no pueden hacerlo todo solos. Los grupos no gubernamentales deben contar igualmente con respaldo para su trabajo de comunicación. Hay que insistir machaconamente en divulgar la información sobre la epidemia en el mundo, en México, en el estado y en cada municipio zacatecano. Tengamos en cuenta que PROVIDA ―el sector más conservador del panismo, así como las homilías fundamentalistas que condenan el uso del condón y predican total abstinencia―, pueden ser nocivas para nuestra salud. En otras palabras, que la extrema mochería produce Sarcoma de Kaposi.
Entre las comunidades escolares de educación media, media superior y superior, el ayuno de información sigue siendo alarmante. Son pocos e individuales, pero muy meritorios, los esfuerzos por llevar información a estos colectivos, que, de acuerdo con las cifras oficiales, se encuentran en los grupos de edad con mayor riesgo. No se trata de diseñar aquí una estrategia anti SIDA, sólo de insistir en la necesidad de redoblar esfuerzos.
Las cifras oficiales son orientadoras, tal vez inexactas, pero en todo caso espeluznantes. Oficialmente, en los tres primeros trimestres de 2000, sólo se notificaron once casos de diagnóstico del síndrome. Es decir, si se mantiene la tendencia, algo más de una persona al mes es diagnosticada como portadora de virus en nuestro estado, dato que, por cierto, nos coloca por debajo de la media nacional, ateniéndonos a las cifras de CONASIDA.
Pero las estadísticas no son del todo confiables. A más de dos décadas de enfrentar este problema de salud, nuestros esfuerzos deben ser redoblados en bien de todos.


(elaborado en 2003)

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