Verano del 42
(un paseo por la nota roja zacatecana
de los años 40)
Por José Enciso Contreras
Para Salvador Vázquez Delatorre
y Sebastián Barretero Muro,
dos periodistas
zacatecanos de solera
I. Verano peligroso
¿Pues no que los tiempos pasados eran más fríos? ¿Que el calor de este verano era francamente inédito en Zacatecas? Pues no, señoras y señores, no se quejen. Hemos tenido veranitos auténticamente calientes, como el que les tocó a nuestros padres y abuelos aquí, en la muy noble y leal, en 1942.
Aquel sí que fue un verano caliente por dos razones, había calores y el ambiente social estaba bastante caldeado. Ustedes me dirán si no.
México había declarado la guerra a los chicos malos de los países del Eje. Se vivía un exaltado nacionalismo, se preparaban los braceros para rellenar los huecos de las cadenas industriales que la misma guerra había generado en losEstados Unidos. Las compañías mineras locales, así como los trabajadores electricistas, amenazaban con huelgas y cumplían. Aumentaban los lupanares en las calles de Rayón, los Bolos y Nueva; las canciones de las dieceras atestaban todos los rincones de la pequeña urbe de cantera.
Por si fuera poco, se formó un exaltado Comité de Defensa Civil de Zacatecas, que se aprestaba a servir en las reservas del ejército, arengados por el inolvidable yucateco Buenaventura Ríos Franco —mejor conocido en el ambiente artístico como el casanova abogado B. Frías Conor. Desde luego que aquellos ardientes y nacionalistas voluntarios sólo libraban batallas a punta de saliva y nunca conocieron más guerra que la que les presentaban en los noticieros cinematográficos en el vetusto Teatro Calder{on, más algún grabado del padrecito Stalin y fotos de Douglas McArthur, que solían aparecer en los periódicos.
La lista de Hassman
Los ánimos llegaron a estar tan agitados que se creyó ver un espía de Hitler en la honorable y bonachona persona del alemán, señor Rudolph Hassman gerente de la Sociedad Corporativa de Producción Minera S.C.L., quien por lo demás gozaba de buena fama en sus más de 20 años de residencia en este país, y que ya hasta mexicano se había vuelto. Una vez que el general José Caloca, Jefe de la 11ª zona militar, lo aprehendió, declaró el teutón no ser espía y que el Führer hasta gordo le caía.
Con todo, las cosas de la guerra no iban tan mal en Zacatecas, la Secretaría de la Defensa Nacional había ampliado el plazo normal de reclutamiento de soldados del Servicio Militar Nacional y los bizarros alumnos de la Escuela Normal fueron a enlistarse en masa, pese a los infundados rumores de que había intenciones de mandarlos al frente. El sector más agraviado con este tema resultaron ser nada más ni nada menos que las madrecitas santas de los conscriptos, pues aterrorizadas por el rumor, emprendieron su propia guerra aquí, esta vez contra los reclutadores y demás autoridades, en un alarde de violencia que hubiera hecho temblar de pavor al mismísimo Goebbels.
Amor de madre, susto de mi mayor
Un sedicente ex mayor de la antigua División del Norte, llamado Rafael López C. Siguiendo el olor de la pólvora, se había dedicado patrióticamente a viajar incansable por algunos municipios del estado para organizar los comités de defensa civil. Los moradores del municipio de Morelos le tenían reservada una sorpresita cuando aquel domingo de diciembre de 1942 llegó al pueblo mi mayor. La turba se le echó encima queriéndolo linchar para evitar que sus rapazuelos fueran incentivados a la guerra. Si no ha sido por el cura del lugar mi mayor no la contaba. Pero eso no fue nada comparado con lo que pasó en Tepezalá, Aguascalientes, donde las madres de familia lincharon a su presidente municipal para evitar el enrolamiento. “El cadáver del alcalde de Tepezalá fue encontrado horriblemente desfigurado, al punto de dificultarse su identificación, como reflejo claro de la inquina de fanáticas mujeres.” Aquello fue una auténtica madriza, jóvenes.
El otro Marcos
En septiembre ya hacía frío, pero no en los ánimos de los lugareños. Eso de la guerra era una locura. En una lejana comunidad llamada La Cofradía, perdida en el municipio de Concepción del Oro, existía una cantina atendida personalmente por su propietario, un viejo ranchero que respondía al nombre de Paco Sifuentes.
Una tarde, un comerciante de pantalones de mezclilla, oriundo de Coahuila, llamado Agustín Páez y un español avecindado en Monterrey llamado J. Dolores Marcos, al son de algunos tragos de mezcal de Pinos se pusieron a discutir acerca de la guerra. Páez, buen malinchista, comenzó a decir que los mexicanos no debían ni siquiera imaginar en enfrentar a los alemanes, que éramos puros pájaros nalgones y que no debíamos emprender aventuras de ese calibvre. Marcos, pese a que no le tocaban los insultos, comenzó a reclamarle a Páez su antipatriotismo, junto con otros apacibles campiranos que sí se habían sentido aludidos. Se armó la bronca y todos se fueron contra Páez, quien enojado, sacó su fusca y al grito de ¡Arriba Hitler! La descargó con coraje ario sobre los simpatizantes de los Aliados, para que se les quitara lo pinchi. Sólo Marcos murió en aquella desolada aldea.
Así estaban las cosas desde aquél nostálgico verano, señoras y señores, vecinos todos: calientitas. Pero no lo suficiente como para impedir que el 23 de mayo, se realizara un suntuoso baile en el Instituto de Ciencias, al son de las orquestas de Roberto Salazar, de Zacatecas y la Siglo XX de Aguascalientes, ambas en una competición que desde luego ganó el conjunto local pese a las acusaciones de chanchuyo que hicieron los molestos hidroclálidos siempre tan sangrones y sin el mínimo sentido del humor. Se ejecutaban a la sazón soberbios swings a la usanza de Glenn Miller. ¡Ay el Instituto! Gran pachangón donde, en opinión de la prensa de sociedad, las damitas más bonitas resultaron ser las hijas del general Natera, a la sazón gobernador del Estado. ¡Qué casualidad! Buenos tiempos aquellos, sí señor.
II. Ecos del Zacatecas de tiempos de la gran guerra
Para elaborar estas notas, hemos recurrido principalmente a una breve colección hemerográfica del Eco de Zacatecas que ha llegado a nuestras manos. Sobre esta notable publicación hemos de decir que apareció por vez primera en mayo de 1936 y terminó su aparición en enero de 1944, siendo su director fundador el señor Enrique Félix Enciso, y su gerente don Antonio Montañés.
Se trata ya de un periódico-empresa de corte moderno, con calidad acorde a las circunstancias de la época y que reflejó durante los ocho años de su existencia de 717 ejemplares, lo más interesante de la vida local. Pero, cuántos y cómo éramos los zacatecanos en la década de la segunda gran guerra.
Para empezar debo decirles que el censo de 1940 arrojó que en todo el estado éramos 565,437, es decir, un asombroso incremento del orden de 23.18% en tan solo 10 años, pues en el de 1930, apenas llegábamos 459,047. No era esta tierra de milagros por aquello años, mas si hubo alguno fue en la natalidad y migración favorables. ¡Ah qué zacatecanos aquellos tan cojelones! Buenos en el tema de traer zacatecanitos al mundo.
La capital, nostálgica y embelesada con las estrellas de una época floreciente de nuestro cine nacional y las superproducciones de Hollywood, mostraba también un grado notable de urbanización en todos los órdenes. Como en todo el país, las ciudades ganaban terreno al campo y con ello aparecían nuevos sujetos y tipos sociales que no siempre se adaptaban de forma tranquila a su nuevo tren urbano de vida.
Sin embargo, realmente, si lo vemos con los ojos de nuestros tiempos, la ciudad no era tan grande, pues en 1940 vivíamos aquí sólo 21,846 zacatecanos, casi un pueblito en el que el trajín de los mineros y la música de las estruendosas máquinas musicales llamadas dieceras, proporcionaban agradable banda sonora a la época.
Un singular economista de la época, el señor M. T. De la Peña nos ayudará a vernos en aquel espejo de comienzos de los 40:
“En pocas palabras la habitación del estado no ofrece el sucio y miserable aspecto que se conoce en grandes zonas del Norte de la República, donde el jacal o la choza de varas deprime el ánimo y mantiene a la población en un estado de semianimalidad.”
La disputa entre las culturas urbanas y rurales saltó ante los ojos de nuestro amigo economista cuando escribió:
“En las cabeceras, fuera de los centros típicamente mineros, como Zacatecas, Concepción del Oro, Sombrerete, etc., están bien trazadas las calles, algunas muy bien fincadas, como Sombrerete, Ciudad García, Concepción del Oro, Mezquital del Oro, Juchipila, Jalpa, Tlaltenango, Nochistlán y principalmente Zacatecas y Fresnillo. En lo general se observa un aspecto nada atractivo en las cabeceras, por el descuido en la conservación de las banquetas y la pintura exterior de las casas. Esto es particularmente notable en Apozol, Moyahua, Tabasco, Estanzuela, Teul, Tepechitlán, Huanusco, Momax, Tepetongo, todos los pueblos del Sureste, Chalchihuites, Valparaíso, Villa de Cos, Morelos, Mazapil y la mayoría de los restantes.”
Pero también de las formas de vestir de la época, se hizo un recuento:
“El vestido es el común de los mestizos (no hay en Zacatecas indios propiamente tales en el sentido social del nombre). Los hombres usan pantalones o uniones de mezclilla, guaraches, sombrero de palma y calzón y camisa de manta, tanto los adultos como los niños. Las mujeres levan ropa de percal, rayaditos, etc.”
III. La maté porque era mía
La bulliciosa sociedad Zacatecana reflejaba sus traumáticas transiciones en la nota roja. Resalta a todo esto la gran tradición de crímenes pasionales que asolaban el estado, de las que presentamos algunos bocadillos suculentos:
Sucedió en Fresnillo
El noche del día 12, de un larguísimo y ardiente junio del 42, a la entrada del Teatro González Echeverría, la señora Altagracia N., loca de celos, “acribilló a balazos a su esposo y a la amante de éste (...) al efecto anduvo espiándolos desde algún tiempo hasta que anoche logró localizarlos en el sitio antes indicado, cuando el esposo traidor se disponía a llevar a su amante a disfrutar la función cinematográfica de anoche; y sin pensarlo sacó una pistola calibre 32 que llevaba oculta en el bolso de mano e hizo fuego acribillando a tiros a la infeliz pareja.”
Los periodistas agregaron que tanto el occiso como su victimaria pertenecían al sector influyente de Fresnillo, prometiendo contar el desenlace de la historia, tal vez esa fue la razón de que el asunto no fuera tratado nuevamente.
Carniceros contra verduleros
El calor seguía volviendo locos a los zacatecanos. Muy temprano, la inspección de policía recibió la noticia de que en la esquina de las calles de 1º de mayo y San Pedro Nolasco, estaba tirado un hombre gravemente herido. Se trataba de Lorenzo Vázquez, de oficio carnicero: el viernes 12 “había andado tomando con un amigo de nombre Alberto Gutiérrez y que en la cantina El Gallito se les unió Manuel Rodríguez de oficio frutero.”
Fue en la calle del Ángel, señores, donde totalmente ebrios, comenzaron a discutir por quítame estas pinches pajas y la trifulca continuó, resultando mortalmente herido en el abdomen nuestro carnicero, a manos de Alberto Gutiérrez. Manuel Rodríguez, por su parte, enojado por la acción, con tremendo cuchillón hirió en venganza a Gutiérrez quien ya era atendido en el Sanatorio Donato Moreno. Así son las cosas de la carne.
El sobrecogedor caso de Perico de los Palotes
El soldado Pedro Palos, del 53º batallón de infantería, no salía de con las sexoservidoras, tal vez para hacer honor a su apellido. Se dice normalmente que se trata de amores fáciles, pero en las cosas del corazón nadie sabe, pues resulta que de lance en lance, Pedro quedó prendado de una de aquellas damiselas que, según los economistas de la época, vestían de “percal, rayaditos o etcétera”, llamada Isidra Escobedo. Quizá la chica en cuestión vestía de etcétera porque le venía mejor y así conquistaba soldados como el señor Palos.
Los encantos de esa mujer, residente de la Vecindad de Santa Rita, en la entonces muy populosa calle Nueva, hoy Aguascalientes, atestada de cajones de múltiples fierreros tránsfugas del arado y presidida, en su entronque con la calle 1º de Mayo antes Merced Vieja, por la heroica y hasta hace poco superviviente cantina La Oficina, cautivaron el domingo 21 de ese junio tan caliente, para su desgracia, los ojitos de Antonio Sandoval, campesino de Huejúcar, muy cachondón. Como bien canta Joaquín Sabina: Hay amores que matan, pero esos son los que nunca mueren, jóvenes.
Escuchemos a la propia Isidra contarnos los hechos:
“Declaró que había tenido relaciones con Pedro Palos y que no existiendo compatibilidad de caracteres optó por dejarlas terminadas, no sin que éste continuamente la estuviera molestando con sus galanteos, y fue así como el domingo, al sorprenderla cuando pasaba con el campesino Antonio Sandoval, al filo de las veintidós horas y diez minutos, surgió una dificultad.”
Sobre los detalles de la riña, el periódico no averiguó gran cosa más que Sandoval recibió una mortal herida punzante “muy cerca de la tetilla izquierda con un cuchillo de grandes dimensiones.” Moraleja: si vienes de Huejúcar nunca te pasees por la calle Nueva.
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Comentario de ricardo santana el diciembre 16, 2010 a las 8:25am Gracias Maestro Jose por darnos la oportunidad de leerlo es un gusto.
Comentario de Paul Duran Avila el diciembre 16, 2010 a las 4:28pm Gracias por Compartir esto con todos nosotros¡¡¡¡¡
Comentario
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